Hace un tiempo atrás me encantaban las navidades por las festividades, me encantaba explotar fuegos artificiales, aunque siempre he sido cobarde con el peligro, me encanta la adrenalina pero del lado seguro, no soy capaz de trepar una montaña sin un arnes, por eso no tengo grandes anécdotas de travesuras o logros con fuegos artificiales. Hoy me siguen gustando los fuegos artificiales pero no me atrevo a tomar espacios abiertos por el peligro que representan en noches de navidad, donde hay tumulto de personas que disfrutan de emborracharse y que en ocasiones no miden consecuencia de sus acciones confundiendo violencia con valentía.

Por lo demás disfruto de estar con mi familia. Esta navidad a sido especial (como muchas otras) porque pudimos compartir nuevamente en familia. Formamos el tradicional angelito familiar, la cena de noche buena la pasamos en casa de mi madre como es tradición. Después de cenar pasamos a la repartición de los regalos, en esta ocasión yo le regalaba a mi padre y mi padre me regalaba a mi.
La espera del año nuevo fue nuevamente en casa de mis padres, lo hicimos con una amena parrillada que se extendió hasta el día siguiente donde pretendimos acabar el exceso de carnes que compramos (intento fallido). El día 2 tomamos un recorrido por Juan Dolio para hacer uso de los espacios que aun no pagamos y tomarle unas cuantas fotos a Abnel Emilio, que vale mencionar que fue el alma de las celebraciones, jugando en la arena. Básicamente de eso se tratan las navidades, de disfrutar con los tuyos, de intercambiar impresiones, de reír, de repartir afecto. Y cada vez que pasa un nuevo año las navidades se esperan con mas ancías, y no necesariamente por su significado religioso o cultural, sino porque es una excusa perfecta para compartir con los tuyos, de recordar los momentos gratos que cada uno pasamos.
Si recordar es vivir, en navidad solemos vivir mas intensamente.
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